Durante casi noventa años, Belchite ha sido sinónimo de un solo capítulo de la historia: el de las ruinas calcinadas que dejó la batalla de 1937, uno de los episodios más duros de la Guerra Civil española. Miles de visitantes recorren cada año ese pueblo fantasma pensando que ahí termina su historia. Pero bajo esos mismos escombros dormía, sin que nadie lo supiera, un edificio mucho más antiguo: una sinagoga del siglo XIV que ahora resulta ser una de las mejor conservadas de todo el continente europeo.
El hallazgo se ha confirmado durante la quinta edición del campus arqueológico internacional que se celebra en el Pueblo Viejo de Belchite, un proyecto impulsado por el Ayuntamiento, la Fundación Pueblo Viejo y la Asociación Española de Arqueología Militar, y en el que este verano han participado 27 estudiantes llegados de Estados Unidos, Canadá, Inglaterra y Holanda. La dirección de los trabajos corre a cargo del arqueólogo Alfonso Fanjul, que lleva ya varias campañas siguiendo el rastro de este edificio oculto.
Tevá, bimá y una menorá pintada bajo los escombros
Lo que ha ido saliendo a la luz supera lo que el propio equipo esperaba encontrar. Los arqueólogos han documentado la tevá y la bimá, las dos tribunas de oración propias de cualquier sinagoga medieval, construidas con tapial reforzado con barras y pasamanos de hierro, un sistema constructivo que se ha conservado en un estado excepcional. A su lado apareció algo todavía más singular: un mural pintado con la representación central de la menorá, el candelabro de siete brazos que es uno de los símbolos más reconocibles del judaísmo.
Cebada carbonizada y un baño ritual bajo tierra
El yacimiento ha entregado también restos de yesería decorada del siglo XIV, semillas de cebada carbonizadas que ayudarán a fechar con precisión distintas fases de uso del edificio, y estructuras que los investigadores relacionan con un mikvé, el baño ritual de purificación que formaba parte habitual de la vida religiosa judía en la época. En conjunto, el equipo ha llegado a documentar hasta veinte evidencias arqueológicas distintas que, sumadas, no dejan demasiado margen de duda sobre la función original del edificio.
Un paralelismo directo con la sinagoga de Híjar
Uno de los datos que más ha llamado la atención de los especialistas es el parecido casi exacto entre esta sinagoga y la de Híjar, otro municipio turolense con pasado judío bien documentado. La orientación este del edificio, su estructura de tres naves y unos contrafuertes prácticamente idénticos a los de Híjar apuntan, según el equipo dirigido por Fanjul, a la existencia de una escuela arquitectónica aragonesa propia durante la Edad Media, con soluciones constructivas que se repetían de una comunidad judía a otra dentro del mismo territorio.
La consejera de Educación, Cultura y Deporte del Gobierno de Aragón, Tomasa Hernández, ha destacado el carácter extraordinario del hallazgo, mientras que el alcalde de Belchite, Carmelo Pérez, ha subrayado que este descubrimiento convertirá al municipio en la sexta localidad española con una sinagoga medieval visitable, uniéndose así a la Red de Juderías de España, algo que el consistorio espera que atraiga un tipo de turismo cultural distinto al que ya genera la memoria de la Guerra Civil.

¿Por qué el edificio sobrevivió casi seiscientos años bajo tierra?
La respuesta tiene algo de paradoja histórica. El propio incendio que arrasó buena parte del casco antiguo en época moderna, mucho antes de la batalla de 1937, terminó por sellar y proteger sin querer los restos de la sinagoga bajo capas de escombro y derrumbe. Esa misma destrucción que borró el edificio de la memoria colectiva del pueblo fue, con el tiempo, lo que impidió que sus elementos más frágiles, como el mural de la menorá o la estructura de madera y tapial de las tribunas, se perdieran para siempre.
De la memoria de guerra a la memoria judía
Belchite lleva décadas gestionando su identidad casi en exclusiva a través del recuerdo de 1937, y no es un asunto menor: la localización de fosas y restos de aquel conflicto sigue siendo, todavía hoy, una tarea abierta en distintos puntos de España. Que ahora emerja una capa de historia muchos siglos anterior, la de una comunidad judía que vivió, rezó y trabajó allí durante generaciones antes de la expulsión de 1492, obliga a repensar el relato que el propio pueblo cuenta de sí mismo a quienes lo visitan.
Lo que hace especialmente valioso este hallazgo es que rompe con la idea, muy extendida, de que el patrimonio judío medieval español se limita a las grandes sinagogas urbanas ya musealizadas, como las de Toledo o Córdoba. Belchite demuestra que en localidades pequeñas y hoy despobladas, alejadas de las rutas turísticas habituales, pueden seguir escondiéndose comunidades enteras de las que apenas queda rastro documental escrito. Como ha ocurrido con otros hallazgos recientes que han obligado a revisar certezas sobre el pasado de la península, cada campaña en el Pueblo Viejo parece confirmar que la arqueología aragonesa todavía tiene mucho por contar.
El equipo de Fanjul ya trabaja en el análisis de las muestras de polen recogidas en las distintas capas de tierra, con el objetivo de reconstruir qué cultivos rodeaban la sinagoga en su época de uso, y en los próximos meses se decidirá cómo integrar los restos en un itinerario visitable que conviva con las rutas actuales dedicadas a la memoria de la Guerra Civil, sin que una capa de historia termine por tapar a la otra.