👑 Carlos II el “Hechizado”: la tragedia del último Austria de España
Carlos II el Hechizado: la tragedia del último Austria de España
Cuando Carlos II nació en Madrid el 6 de noviembre de 1661, la corte respiró aliviada: por fin había un varón que aseguraba la continuidad de los Austrias españoles. Nadie podía imaginar entonces que ese niño frágil, que tardó años en aprender a caminar y a hablar con claridad, acabaría convertido en el protagonista de uno de los episodios más tristes de la historia de España. Durante siglos se explicó su delicada salud con teorías de brujerías y maleficios. La realidad, que hoy conocemos gracias a la genética, es mucho más terrenal y, si cabe, más triste todavía.
Carlos era hijo de Felipe IV y de su segunda esposa, Mariana de Austria, que además de reina consorte era su sobrina carnal. No fue un caso aislado: los Habsburgo llevaban generaciones casándose entre primos, tíos y sobrinos para mantener el poder dentro de la familia, y Carlos II fue el resultado final de esa estrategia. Los genetistas han calculado que su coeficiente de consanguinidad rondaba el 0,254, una cifra prácticamente idéntica a la que tendría un hijo nacido de la unión entre hermanos. Dicho de otro modo: en términos biológicos, sus padres eran ya parientes tan cercanos que cada nueva generación de la familia acumulaba los mismos genes defectuosos una y otra vez, sin la variedad genética necesaria para diluirlos.
Lo que la ciencia moderna ha revelado sobre su enfermedad
Un estudio publicado en 2009 por investigadores españoles, tras reconstruir el árbol genealógico completo de la dinastía, relacionó los males de Carlos II directamente con esa endogamia extrema. Entre los diagnósticos que se han barajado figuran el raquitismo, la epilepsia, la acidosis tubular renal y un déficit combinado de hormonas hipofisarias que habría frenado su crecimiento y su desarrollo sexual. Algunos investigadores han apuntado incluso a un posible síndrome de Klinefelter, una alteración cromosómica que explicaría su infertilidad. Físicamente, el rey arrastraba el rasgo más característico de su linaje llevado al extremo: la célebre mandíbula de los Habsburgo, tan pronunciada que le costaba masticar y que, unida a una lengua desproporcionadamente grande, hacía que su forma de hablar resultara casi ininteligible para quienes no estaban acostumbrados a tratar con él.
A esto se sumaba una salud digestiva pésima, con diarreas y vómitos recurrentes desde la infancia, y episodios de sangre en la orina que preocupaban constantemente a sus médicos. Se casó dos veces, primero con María Luisa de Orleans y después con Mariana de Neoburgo, sin que ninguno de los dos matrimonios diera un heredero. Para la mentalidad del siglo XVII, un rey enfermo, estéril y con dificultades para gobernar por sí mismo solo podía tener una explicación sobrenatural.
Exorcismos en la corte y el peso de la superstición
Ante la falta de respuestas médicas convincentes, una parte de la corte optó por la vía religiosa. Se llegó a traer desde Alemania al fraile Mauro Tenda, un exorcista de cierta fama, para que examinara al monarca y determinara si realmente estaba hechizado o poseído. Los tratamientos que se le aplicaron rozaban lo inimaginable hoy: aceite bendito en ayunas, purgas elaboradas con huesos de mártires molidos, palomas recién sacrificadas colocadas sobre su cabeza y entrañas de cordero aplicadas sobre el abdomen. Nada de aquello tenía, evidentemente, ningún efecto sobre una base genética que ni la medicina ni la fe de la época podían siquiera identificar, y mucho menos revertir.
Lo que hace especialmente revelador el caso de Carlos II es que su cuerpo enfermo se convirtió, sin que él lo decidiera, en un asunto de estado de primer orden. Su capacidad o incapacidad para tener descendencia no era un asunto privado: de ello dependía el equilibrio de poder en toda Europa. Las potencias del continente llevaban años negociando en secreto cómo se repartirían el imperio español el día en que el rey, al que nadie esperaba que llegara a viejo, finalmente muriera. Puesto en perspectiva, el llamado "problema sucesorio español" no fue una crisis repentina, sino el desenlace lógico de décadas de endogamia dinástica convertidas en un problema geopolítico de primer orden.
El testamento que cambió la dinastía y el mapa de Europa
La salud de Carlos II se deterioró de forma dramática en el verano de 1700. Consciente de que no dejaría descendencia y presionado por el cardenal Luis de Portocarrero, firmó su testamento el 3 de octubre de aquel año, nombrando heredero a Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV de Francia. Murió apenas un mes después, el 1 de noviembre de 1700, a los treinta y nueve años, poniendo fin a casi dos siglos de reinado de la Casa de Austria en España.
Aquella decisión no cerró el asunto, sino que abrió uno nuevo: las principales potencias europeas, que no estaban dispuestas a ver cómo Francia y España quedaban unidas bajo la misma familia, desataron la Guerra de Sucesión Española, un conflicto que se prolongó más de una década y que redibujó fronteras y alianzas en medio continente. Todo ello, en última instancia, tuvo su origen en la biología de un solo hombre y en la obstinación de una dinastía por no mezclar su sangre con la de nadie ajeno a ella. Pocas veces la historia y la genética han estado tan estrechamente entrelazadas como en la figura de este rey al que llamaron "el Hechizado" sin saber que el verdadero hechizo llevaba generaciones escrito en su propia familia.