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Ocho grados separan El Retiro del asfalto

Óscar Navarro 27 de July de 2026 69 lecturas 6 min de lectura
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Cuarenta minutos seguidos por encima de los 40 grados. Eso es lo que aguantó la calle Velázquez de Madrid la tarde del 23 de junio, según los sensores instalados por un equipo de investigadores en distintos puntos de la ciudad. A apenas unos metros de allí, bajo los árboles de El Retiro, el termómetro marcaba varios grados menos, y la sensación térmica —lo que el cuerpo percibe realmente, no solo lo que dice el aire— caía todavía más. La diferencia no es una impresión subjetiva de quien busca sombra en agosto: ahora hay números que la respaldan.

Una campaña de sensores para medir el calor real de Madrid

El dato procede de un trabajo de campo desarrollado por la Unidad de Modelización Atmosférica (UNIMA) del Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (CIEMAT), con la colaboración de la Universidad Complutense de Madrid, la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) y el Ayuntamiento de Madrid. El proyecto, bautizado como MULTIURBAN, instaló una torre meteorológica en la sede que AEMET tiene dentro del propio parque, además de una red de sensores de temperatura y humedad repartidos entre El Retiro y las calles colindantes.

Durante varias jornadas de este verano, el equipo combinó esas mediciones con encuestas a pie de calle, preguntando a los viandantes cómo percibían el calor en cada punto. La idea no era solo medir grados, sino cruzar esos datos con un índice llamado UTCI —el Índice de Estrés Térmico Universal—, que tiene en cuenta la radiación solar directa y no solo la temperatura del aire. Y ahí es donde aparecen las diferencias más llamativas.

La calle Velázquez frente al parque: la comparación que lo dice todo

Mientras la calle Velázquez rozaba y superaba los 40 grados durante más de media hora seguida aquel 23 de junio, el interior del parque se mantenía entre 4 y 5 grados por debajo en las zonas más frescas, con picos puntuales de hasta 10 grados de diferencia respecto a las zonas urbanas más calurosas. En términos de estrés térmico percibido, la reducción llega a los 8 grados. No es lo mismo cuatro grados menos de temperatura ambiente que ocho grados menos de sensación real sobre la piel, y esa distinción es precisamente lo que este estudio pone sobre la mesa.

Por qué la sombra enfría más que quitar asfalto

Uno de los hallazgos menos intuitivos del estudio tiene que ver con las superficies. La hierba a la sombra resultó estar hasta 10 grados más fría que la hierba expuesta al sol dentro del propio parque, y hasta 25 o 30 grados más fría que el asfalto soleado de una calle cercana. Es decir: no basta con tener vegetación, ni siquiera con tener césped. Lo que marca la diferencia real es si esa vegetación proyecta sombra sobre las personas o simplemente decora un espacio que sigue recibiendo sol de lleno.

Los propios investigadores insisten en ese matiz: dos puntos con la misma temperatura del aire pueden producir un estrés térmico muy distinto según haya o no radiación solar directa sobre quien camina. Por eso el estudio recomienda que el diseño de las futuras zonas verdes urbanas priorice corredores peatonales sombreados, en vez de limitarse a sumar metros cuadrados de césped que en la práctica apenas alivian el calor si están al sol de las tres de la tarde.

Noches que no bajan de los veinte grados

El estudio no se limitó al día. También registró un total de 26 noches tropicales, con mínimas por encima de los 20 grados, y entre 6 y 9 noches tórridas, con mínimas que no bajaron de los 25 grados según la zona de la ciudad. Ese dato importa porque el calor nocturno es, en muchos casos, más perjudicial para la salud que el calor diurno: el cuerpo no tiene margen para recuperarse durante el descanso, algo que los servicios de salud pública llevan años señalando como uno de los efectos más silenciosos de las olas de calor prolongadas.

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El coste energético de compensar el calor con aire acondicionado

Cada noche que no baja de los 25 grados dispara el uso de aparatos de aire acondicionado en miles de viviendas, justo cuando la red eléctrica ya está más exigida por el propio calor. Reducir esa necesidad mejorando el diseño de calles y parques no es solo una cuestión de confort: también alivia la demanda energética en las horas más críticas del verano, un frente en el que España lleva tiempo apostando por fuentes más limpias, como recogía este medio al hablar de el avance español en baterías solares más baratas y eficientes.

Al comparar el interior del parque con su borde exterior, el equipo detectó un incremento medio de aproximadamente 1,5 grados solo por cruzar esa frontera invisible entre zona verde y calle. Parece poco, pero repetido a lo largo de decenas de manzanas y sumado al efecto acumulativo del asfalto, el cemento y el tráfico, ese margen explica buena parte de lo que se conoce como isla de calor urbana: la tendencia de las ciudades a mantenerse varios grados por encima de su entorno rural, sobre todo por la noche.

¿Sirve este tipo de estudios para algo más que confirmar lo obvio?

Puede parecer que un estudio así solo demuestra lo que cualquiera intuye en pleno julio: que un parque refresca. Pero la aportación real está en la precisión de los números y en su aplicación práctica. Contar con cifras exactas —cuánto enfría la sombra frente al sol directo, cuánto cambia el estrés térmico al cruzar de una calle a un parque, cuántas noches tropicales soporta cada barrio— permite a los ayuntamientos priorizar dónde plantar árboles, por dónde trazar corredores sombreados y qué calles necesitan intervención urgente antes que otras. Convierte una sensación en un dato con el que se puede planificar.

Lo que hace especialmente relevante este trabajo es que llega en un momento en el que las ciudades españolas empiezan a rediseñar sus espacios públicos pensando en veranos cada vez más largos y calurosos, y hasta ahora buena parte de esas decisiones se tomaban con criterios más estéticos que térmicos. Medir con esta precisión el efecto real de la vegetación frente al puro asfalto ofrece, por primera vez en Madrid, una base cuantitativa para decidir dónde invertir primero el escaso presupuesto municipal en verde urbano, en vez de repartirlo de forma homogénea sin saber realmente dónde rinde más.

Mientras tanto, en El Retiro seguirá pasando lo de siempre cada verano: filas de gente buscando un banco a la sombra, aunque ahora, por fin, hay quien puede explicar con precisión cuántos grados de diferencia hay entre acertar y no acertar con esa sombra.

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Fuente: Agencia SINC

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